A veces, de pronto, me siento viviendo en Londres estando en México.
Me imagino en plena madrugada cuando mi entorno a penas se va adentrando en la noche, con ruidos auténticamente mexicanos.
Me imagino despertando en mi habitación de Holloway, en la cama con el cobertor rojo, con el piso de madera que rechinaba y mi ser, mi alma, comienza a sentir esa sensación única de un domingo londinense.
Mi mente comienza a planear salir por mi diario favorito, The Observer, al que dedicaré por lo menos cinco horas de lectura en la cocina mientras tomo mi te negro o aquel que compré en un mercado popular de Estambul.
Vivo también esa urgencia de salir corriendo a Waitrose a comprar las frutas y las verduras de la semana, que posiblemente serán complementadas con algún postre como el crumble de rhubarb.
Y me imagino caminando una tarde soleada con un libro en mano, sobre algún sendero de un parque verde escogiendo el sitio en el que me sentaré a pasar la tarde leyendo, sola o acompañada, hasta que el frío cale y me obligue a volver.
Mi alma, mi mente, a veces siguen en Londres y mi cuerpo, aquí en México...