Lloré lo que no había llorado. Lo logré. Logré volver a caer en ese estado al que no quería regresar ni en sueños. Pero ahí estaba, escondido, listo para saltar en cuanto el gatillo fuera jalado. Así que lo dejé salir. Lo dejé teñir mis sueños, mi vulnerabilidad, mis párpados de negro.
Lloré de rabia, de impotencia, de frustración. De esta maldita incapacidad mía de soltar el pasado que cada vez es más grande y más pesado. Ese pasado que cargo en mis hombros, en mi cuello, en mis sienes. Me permití disfrutar el dolor. Disfrutar esta sensación de volver a tirar el dado por enésima vez para recomenzar. Y puse a Mayra Andrade y su voz penetrante, punzante y reconfortante. Ese ritmo como las olas del mar, un mar tranquilo, rompiendo olas y olas y olas, con espuma salada que toca las heridas y provoca un dolor casi imperceptible, pero presente. Y me permití ser la mujer melancólica que soy. Sin resistencias falsas. Disfrutando este dolor que sigue ahí. Disfrutando los efímeros momentos de dicha. Recordando ojos azules, ojos cafés claros, recordando espaldas anchas, caderas pronunciadas, cabellos rizados, pestañas chinas, voces profundas, carcajadas, caricias, manos pasando por mi piel, mi cuerpo, mis curvas, ojos que se encuentran y sonríen en complicidad por amanecer con el mismo calor, con la misma humedad que se mezcla cuando un cuerpo amanece sobre el otro, o al lado del otro. Imaginando, recordando los olores que se mezclan, con esos olores a piel, a sábanas recién lavadas, a cabello recién lavado y cigarro y Londres por la madrugada y agua que entra por la ventana. Y le dí la razón a ese tío con rostro perfecto y ojos verdes y sonrisa provocadora: a veces las cosas más horrorosas tienen su punto de encanto.