La ausencia - o negación - de los pensamientos que duelen ayudan a disfrazar la vida de perfecta.
No importa si desde hace seis días no te veo. Mi mente no tiene tiempo de pensamientos que llevan al lamento por la ausencia física del ser amado. Guiones, lecturas, tareas, llamadas, textos, libros, películas, amigos, amigas, atardeceres, lluvias, vientos, siestas, perros, todo ellos te saca poco a poco de mi mente y la ansiedad por querer tenerte a mi lado desaparece lentamente.
La posibilidad real de tu fastidio me ha anestesiado el alma. Si mis lágrimas y mis reclamos te alejarán aún más, es buena idea aplastarlas bajo el peso de la cotidianidad y la rutina.
Cuando no hay nadie con quien desahogar las penas en el día a día, siempre está la almohada, la pantalla, la hoja en blanco o los sueños que se encargan de acomodar el mundo de una extraña y particular manera. También está el diván, el útero donde soy libre de decir y sentir lo que quiera, a veces.
Estar sola para mí siempre fue una imposición. Por ser morena, por ser la mayor, por ser sincera, por ser directa, por ser distinta... por eso la soledad mucho tiempo fue la alcoba con la luz apagada a la que no quería entrar.
El tiempo me ha dado la fortaleza y la sabiduría para que la soledad se vuelva en un espacio seguro, sin lágrimas, sin críticas, sin miedos al rechazo o a las despedidas. Yo siempre me tendré a mí pase lo que pase, aun muerta...
A pesar de todo eso, hay días como hoy en los que sueño que me salvas de mí misma y de las turbulencias de la vida y mi alma te echa de menos ( a ti y a tu mano firme y grande...)