sábado, enero 12, 2013

Sábado

sábado, enero 12, 2013
Para variar, escucho a Mayra Andrade cantando en creole caboverdiano.
No he podido dejar de darle vueltas al momento en el que tuve que cerrar el libro color rosa (literalmente la carátula es rosa), "La mujer habitada" de Gioconda Belli. Lo cerré y sin importar que estabas ahí tarareando una canción irreconocible, dejé que las lágrimas corrieran sobre mis mejillas recién maquilladas.
No soporté imaginarme muriendo, la sensación de perder la vida a manos de alguien más. Cambié a Lavinia y a Itzá (la que murió a mano de los conquistadores españoles) por la historia de un periodista freelance de Murakami. Vaya coincidencia, la historia de un freelance, justo ahora. El libro es algo sombrío y deprimente desde un inicio, pero sabes cómo lidiar con ese tipo de libros. No encuentras la manera de lidiar con la sensación de que alguien te pueda quitar la vida cuando así le apetezca, mientras respiras con dificultad por el polvo y por el frío y dejas de sentir tus manos por la fuerza con la que fueron atadas.
No he podido dejar de llorar. Las lágrimas salen solas, sin que yo las pueda controlar. Estoy enferma y es un pretexto para no salir de casa pretendiendo que me siento perfecta. La ira y el enojo, poco a poco se han  convertido en tristeza. Quiero tenerte a mi lado, pero no puedo y sé que tú eres perfectamente feliz sin mí, como debe ser. Por lo menos, en medio de esta habitación con calefacción artificial dentro del departamento  gélido suena su voz, la de ella, la del mar, que me da un poco de paz. La recuperé pese a las jugarretas crueles del destino. La tengo de nuevo conmigo y la escucho una y otra vez buscando que me regrese algo de ese ritmo de las olas rompiendo suavemente. Ella me da consuelo muy adentro cuando tú faltas.... (Aun así, deseo que sea lunes por la noche).

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