Por primera vez en mucho tiempo, cuento ansiosamente los días que faltan para volver a la Ciudad de México.
Al iniciar la cuenta regresiva, surgen en mi mente los motivos que me llevaron a decidirme por dejar el DF y lanzarme a la aventura de vivir en el extranjero por más de un año.
En primer lugar recuerdo mis clases de inglés de los sábados. Eran de 9 a 12 en el Anglo de Guadalupe Inn. Las instalaciones en las que tomé mis clases por más de 8 años ya ni siquiera existen. En ese entonces, la sucursal estaba en la calle que ahora se llama Juan Pablo Segundo, muy cerca de la representación del Vaticano en México. Los libros de texto siempre tenían algún relato relacionado con la vida en el Reino Unido. Recuerdo especialmente uno que estaba ilustrado con la foto del Big Ben y el parlamento. Estas historias fueron alimentando poco a poco mis deseos de estudiar en Londres. Quería ver con mis propios ojos a los birtánicos y sus costumbres y caminar por sus calles, que en esos libros siempre eran mostradas como limpias, amplias y con días soleados.
Con el tiempo, comenzaron a surgir otros motivos para salir de mi país. Sumadas a mis aspiraciones académicas, aparecieron razones personales.
Por la influencia de mis padres, que se doctoraron en Alemania, sentía la necesidad de estudiar una maestría en algún país europeo. El primer lugar que me vino a la mente fue el Reino Unido. Además de contar con universidades de gran prestigio, cumpliría mi sueño de vivir en una ciudad británica.
Por otro lado, mi relación de pareja se había vuelto algo insoportable. Durante 4 años, estuve saliendo con un hombre separado que nunca se divorció y que me fue infiel de una manera que se había vuelto dolorosamente cínica. En mi mente se enquistó la idea de que si no dejaba México, nunca podría dejar atrás esa relación enfermiza.
Con el fin de estar donde estoy sentada hoy, tuve que pasar por varios procesos.
Mi primer intento de conseguir la Beca Chevening fue un fracaso. Hace algunos meses, revisé mi aplicación que envié en el 2003 y le faltaba fuerza y claridad.
Eso no me detuvo. Después de indagar entre amigos que sí habían sido acreedores de la prestigiosa beca, me enteré de que la experiencia laboral en el gobierno era considerado como una ventaja. Decidí renunciar al periódico Reforma. No fue una decisión fácil, pues era un trabajo apasionante. Pero no estaba dispuesta a sacrificar mi sueño.
6 meses después de haber salido del periódico, estaba trabajando en la Dirección de Comunicación Social de la Secretaría de Economía. Después de trabajar un año en la dependencia, volví a iniciar el proceso de aplicación para conseguir la beca. No había manera de estudiar una maestría en el Reino Unido si no conseguía apoyo económico.
Por fortuna, conté con la asesoría de mi ex jefe, Julio Pastor, que amablemente me corrigió mis ensayos y me dio valiosos consejos sobre el tipo de cartas de recomendación que me ayudarían. Él mismo había sido becario del Consejo Británico en el 96.
Para febrero del 2006, era ya una becaria Chevening y me disponía a aplicar de lleno a las universidades para estudiar una maestría en Economía.
A partir de ese momento, una cosa llevó a la otra y después de concluir mi maestría, tuve la suerte de conseguir un puesto como Coordinadora de Producción en Telesearch, una empresa que se dedica a organizar producciones de TV para canales japoneses.
De mis experiencias y sentimientos durante mi estancia en Londres he hablado en otros posts. No todas han sido positivas y a veces siento que estoy a punto de estancarme. Muy dentro de mí está creciendo poco a poco una sensación de necesidad de cambiar de ciudad, de trabajo, de grupo de amigos...en fín, de aires, pues.
Como bien dice la sabiduría popular, la vida da muchas vueltas y todo cambia.
Así como tuve momentos de enamoramiento por Londres, por su enegía y su vitalidad, también he tenido momentos de desamor y deseos de distanciamiento. Ahora, después de haber pasado por ambos extremos, el amor y el odio, simplemente siento ganas de descansar un poco. Relajarme de este sentimiento de no pertenecer a ningún lado, de sentirme extranjera siempre.
Y ese descanso deseo tomármelo en la Ciudad de México. Tengo ganas de redescubrir los rincones en los que crecí, en los que reí, en los que lloré.
Deseo caminar por las calles de la Condesa, donde pasé mi infancia, y volver a recorrer las calles del Centro Histórico. Volver a ver todo con calma. Después de tantos años de ausencia, será sin duda una experiencia enriquecedora. Será como volver a abrir el baúl de los recuerdos y emocionarme por detalles, olores y ruidos que eran parte de mi cotidianidad.
A casi 2 años y medio de mi llegada a Londres, extraño a mi ciudad y regreso a ella muy diferente de cuando la dejé...
En caricatura - Lecciones de honestidad desde el PP
Hace 7 años.
1 comentarios:
Dicen que entre más nos alejamos de donde crecimos, más querremos volver algún día. No siempre estoy de acuerdo con eso, pero me pasa un poco como tú. Te entiendo y sé lo que es sentirse como extranjero siempre. El lugar donde crecí y viví hasta las 9 ya no existe. 6 años de adolescencia en otro lugar, 5 años de universidad en otro, y mi vida adulta en DF. En algún momento, quisiera decir con claridad de dónde soy. Decidí apostar por el lugar de nacimiento, pero hay algo que no me asienta del todo en eso. Una cosa tengo clara: tienes un amigo esperando por ti en México. Te adoro Hanita, gracias por dejarme ser parte de tu aventura de vida, gracias por las galletas del taller de Reforma, por las comidas en tu casa y por dejarme experimentar qué se siente comerte una papa remojada en la boca de un bebé gracias a Koko.
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