lunes, febrero 07, 2011

Nowhere me

lunes, febrero 07, 2011
El regreso ha tardado más de lo esperado y ha sido mucho más tortuoso de lo soñado. Azoté puertas al llegar y abrí ventanas estruendosamente por el sol que había vuelto a salir (por un instante nada más…). No logré evitar los moretones por los golpes contra la fría y ajena realidad y esas ganas de dejar todo y correr a ningún lado y a todos al mismo tiempo lanzado lejos promesas y bienvenidas.

Casi 1,500 días bastaron para olvidar mis orígenes, o lo que quisieron hacerme creer sobre donde nacemos y dónde y cómo queremos morir. Los interminables inviernos nos ayudan a descubrir la posibilidad de caminar sin necesidad de sonrisas falsas, los “estoy bien” fingidos, los “poco a poco” forzados.

Caminos rocosos y empinados pero con palmadas en la espalda que se lleva el amanecer y una soledad tan profunda que no quisiéramos nunca cerrar puertas, aunque el viento amenace con llevarse los recuerdos de instantes felices, auténticamente felices.

No hay espaldas cálidas, no hay sonrisas auténticas, no hay ataduras y aún así, me inmovilizo y trato de convencerme de que todo estará mejor al amanecer, aunque en el fondo nada nos dé la certeza siquiera de un mañana.

Y tu sonrisa se borró entre las lágrimas que nublan la visión y tus palabras se las llevaron el tiempo antes que el viento y sólo quedó aquel brazalete que me regalaste sorpresivamente una mañana de octubre antes de iniciar el viaje de verdad. (Y no puedo sostener tu mirada retadora, seductora y desvío mis ojos al vacío después de sentirme débil…)

Y esos instantes al lado del mar se fueron con las olas y el tacto de tu brazo contra el mío duró unos segundos para convertirse en eternidad.

Así han pasado ya más de 200 días…menos de un tercio de mi felicidad.

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