Querido Londres:
Acá el sol nunca deja de salir y las horas son cálidas hasta bien entrada la madrugada.
A pesar de esto, el sol no cambia ya los ánimos de las personas ni dibuja sonrisas. El sol
es tan sólo una parte de lo cotidiano, del ruido, de los empujones, de los olores.
Extraño los silencios invernales que se interrumpían por los zumbidos de la calefacción que se apagaba por las noches.
Me he sentido fuera de sitio. Me cuesta sentir empatía con casi todos, a veces hasta con los de mi propia sangre.
En las mañanas, cuando los ruidos empiezan temprano al lado de la ventana, es cuando más me pregunto qué fue lo que realmente me ha mantenido relativamente tranquila y menos deprimida de lo que solía estar en esas noches largas dentro de ti.
Tengo una ira guardada, Londres. La tengo muy en el fondo de mi alma, y cuando no logro distraerla y sacarla de mi mente y de mis entrañas, comienzo a odiar todo lo que me rodea. Odio, incluso, el sol que con tanto anhelo esperaba desde mis ventanas.
Tengo ganas de salir corriendo y gritarle a esta maldita ciudad que la odio, que no hay un solo rincón al que pueda ir para sentir paz. No tengo una colina de la cuál pueda ver la ciudad y sentirme aliviada al darme cuenta que soy sólo una pequeña parte de la vida dentro de ella.
Aquí soy parte del caos, del ruido, del rencor, del hacer como si no pasara nada...
Soy ajena a todos y a todo. Soy extranjera en mi propia tierra, en la que me vio nacer y crecer dentro de un par de culturas.
Y sin embargo, mi mente y mi ser y mi intuición me dice que aún es temprano para salir corriendo y para dejar truncado este regreso.
En caricatura - Lecciones de honestidad desde el PP
Hace 7 años.
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