lunes, abril 25, 2011

10 meses

lunes, abril 25, 2011
Hace meses que dejé mi costumbre de mirar el clima londinense. Además de que es poco acertado, ya no vivo ahí. Han pasado 10 meses desde que empaqué todo, bajé las escaleras con tres maletas (una de ellas cargada por Zoi), me subí a un cab manejado por un británico - indio y abordé el avión para acabar donde estoy ahora.

Han sido 300 días que se han pasado pronto e imperceptiblemente pero lento y tortuosamente. Al inicio soñaba con que algo me daría la oportunidad de volver a ese Londres que dejé en uno de los veranos más espectaculares que había visto en los últimos cuatro años. Ahora, ya sólo invento en mi mente que regresaré un septiembre, de vacaciones. Aunque también sigo soñando que un día tomaré ese mismo vuelo que abordé un 25 de junio, pero de vuelta y no volveré jamás a esta ciudad paranóica.

En el camino he dejado a algunos amigos, algunos parques y mi lugar favorito. El único en el que realmente me he logrado sentir en paz y al que corría cuando la tristeza o la impotencia o la frustración me acosaban.

Hoy intento encontrar rincones nuevos que descubrir, pero mi capacidad de asombro, de pasión, de constancia ardiente, al parecer, se han quedado en suelos londinenses.

En estos 300 días, he intentado olvidarme que en unos 65, ya habré cumplido un año buscando un hueco en el que me sienta segura, feliz, ilusionada, iluminada, pero no ha sido una labor sencilla.

La soledad que aprendí en Londres y que me tenía escribiendo, estudiando y viajando sin compañía, se ha vuelto acá en un refugio que me tiene pasmada sin capacidad de moverme, sin energías, con ganas de que pase el tiempo y que de pronto exista un pretexto, un motivo y el sentido para volver a salir de esta ciudad que me asfixia.

Hoy ya no sueño con Primerose Hill, o las calles de Camden o con mis amigos a los que tanto me dolió sacar de mi imaginario diario.

Me doy cuenta de que algo está germinando dentro de mí y que tal vez ese algo pueda ser llamado esperanza, alegría, libertad, pero lo cierto es que no estoy segura. Podría ser únicamente una quimera y ser sólo un reflejo inverso de lo que en realidad se esconde en mi alma.

O esa maldita manía de intentar ser optimista para poder atraer cosas positivas.

No he amado ni he sido amada desde que llegué. Han sido 300 días en los que me he mantenido conmigo misma, con esa que cree en Londres y que se resiste a soltar recuerdos y con esa que no está segura de dejar entrar a alguien sin que entienda plenamente mi luto, mi soledad impuesta, mis ganas de pronto despertar y estar cubierta del edredón rojo en una cama matrimonial junto a una ventana con vista a la ruidosa Camden Road.

A veces, también me aburro de mí. Me desespera no poder superar de una vez por todas una vida que duró únicamente cuatro años y no más. Me gustaría mandar todo a la chingada, tirar esos lindos recuerdos por la borda y como hace casi cinco años, decidir empezar desde cero. A mi melancolía la comencé a ignorar hace como 100 días. Hago un esfuerzo enorme por disfrutar esta ciudad y verle el lado color de rosa y atenuar un poco ese rechazo que sigue en nivel de odio.

Sugerencias ha habido varias. Que me enamore (terrible consejo...), que me salga a caminar por la ciudad y la redescubra, que practique nuevas actividades en las que pueda conocer a gente interesante... Todo eso ya lo hice en Londres y no me apetece empalmar experiencias en mi alma y darme cuenta que falta algo....mucho.

Y así continúan los días y mañana ya serán 301 y me dan ganas de romper en llanto porque son días que no me han calado, que no han logrado sacudirme nada absolutamente nada. Me he vuelto apática, aburrida, insegura y antisocial. Y ahora resulta que extraño el sol londinense y hasta el invierno.

Así han pasado 300 días, deseando, pero no profundamente, adaptarme de nuevo a esta ciudad y ser capaz de sentir la felicidad hasta en mis poros.

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