Has repetido los dos álbumes de Mayra Andrade todo el día. Has decidido volver a lo básico, y para ti, Mayra Andrade y su voz caboverdiana se han convertido en parte de tus cimientos. Pequeños detalles que te sostienen para no caer (literalmente).
Ella, con esa voz pausada y calmada, te ayuda a sobrellevar todo lo que tengas que enfrentar. Te devuelve la paz en momentos en los que tu cabeza no deja de dar vueltas ( también literalmente) cada vez que tienes hambre, sueño, o te tienes que levantar de la cama o de la silla. Es la mejor solución para el desasosiego y la angustia y la ansiedad.
Escucharla es como tirarte sobre la arena para sentir cómo rompen las olas, una y otra y otra vez, rítimicamente, y la brisa te refresca el rostro y te deja pequeños granos de sal.
Mi cuerpo anda raro. No se ha querido recuperar como debe y sangra y sangra y me siento débil. Mi cerebro no funciona bien y mi humor es tan impredecible que a cualquier provocación suelto gritos y estoy dispuesta a dar manotazo o patadas. Sólo ella me regresa la paz con su voz de mar.
La descubrí por accidente hace un par de veranos o más, en Londres. Pagué las vientitantas libras para ver al pianista de Buena Vista Social Club, pero me enganché con ella y desde ese día que la oí cantar en Southbank Centre no la he podido soltar. La incrusté en mi subconsciente y la retomo cada vez que quiero sentir que en el fondo todo está bien mientras voces como ella existan. Nadie más la conoce. Es como si fuera solo para mí y mi paz interna.
Ha estado en los momentos importantes, buenos y malos. Estuvo cuando de pronto, decidiste desaparecer de mi vida y tuve que soportar un periodo largo de soledad, esperando que en algún momento me recordaras y reaparecieras (lo hiciste ya demasiado tarde, cuando me daba igual). Se escuchaba su canto cuando te invité a casa a probar los embutidos catalanes y tú llevaste dos botellas de vino tinto: una italiana y otra francesa. Y nos embriagamos tanto que acabamos haciendo el amor.
Cuando la escucho también recuerdo mi habitación y mi cama con el edredón rojo. Mis tardes pensando, pensándote, pensándome, pensándonos.
Hoy me ayuda a tranquilizar mis temores. Mis temores por todo lo que de pronto se me vino encima. Mi soledad (de nuevo), la indiferencia de los que me importan, el pasado que reaparece sin advertencia, mis mareos, mi apatía, mis ganas de salir corriendo sin poder hacerlo y sin saber hacia dónde y hacia quién.
En caricatura - Lecciones de honestidad desde el PP
Hace 7 años.
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