jueves, octubre 04, 2012

Jugando a la perfección

jueves, octubre 04, 2012
Te dices a ti misma que la perfección es posible con un poco de sacrificio.

Empiezas por comer sólo naranjas por la mañana, ensalada de espinacas, tomates cherry y queso mozarrela light al medio día y sopa de zanahoria y cilantro por la noche. Corres 5 km diarios y 10 km sábado o domingo y logras bajar esos 8 kg que acumulaste por el estrés de estar estudiando algo que ni te gustaba ni le entendías.

Sigues con ignorar tus sentimientos y tus pensamientos. Las mujeres perfectas no sienten, o sienten en silencio, como te enseñaron los japoneses. Te engañas y piensas que la razón es la mejor arma y también la más atractiva ante los demás. Lees cosas que te parecen interesantes pero que en el fondo te dan lo mismo, para poder demostrar que sabes de economía, de historia, de geografía, de relaciones internacionales y hasta de literatura (aunque eso sea lo único que realmente te interese a ti).

Sonríes siempre, nunca te alteras, y cuando llega el fin de semana, tomas y tomas hasta que la persona de carne y hueso aparece sin que lo puedas evitar y lloras sin parar, sentada en la baqueta, en una avenida transitada, sin importar si te ven raro o con lástima. Por algún lado debe salir lo que sientes y lo que realmente piensas. Sientes dolor, vacío, impotencia. Piensas que la vida te ha hecho una mala jugada y te ha enfrentado a tus demonios justo en una ciudad que amas, con la que soñaste y por la que hiciste sacrificios durante años. 

Lloras y lloras hasta que ves llegar a lo lejos a tu mejor amiga, tu hermana, que te toma del brazo y te lleva a casa sin decir nada, en silencio. Al día siguiente, olvidas todo. Sales de tu habitación como si nada. Porque la perfección es eso, no hablar de las cosas que incomodan, aunque los demás se acuerden de todo lo que hiciste y dijiste y lloraste y vomitaste. Pero siempre es más fácil no hablar de eso y pretender que eres encantadora, inteligente y perseverante, por eso te aman, crees, aunque no sea cierto, aunque en realidad te amen por esa fragilidad que quieres ocultar todo el tiempo, por esa ternura que se te sale sin que te des cuenta y que para ti es sinónimo de debilidad.

Con el tiempo, decides que no llorarás en público nunca, y te encierras a hacerlo en tu habitación, de la que sales solo para lavarte la cara y refrescar los ojos rojos e hinchados y disimular tu tristeza. La tristeza de no poder ser perfecta, el vacío de estar llenándote de cosas que no te importan, de la impotencia de ser todo lo que los demás quieren que seas sin que eso te de más felicidad, sino todo lo contrario. Pero sigues jugando a la perfección y a ser esa persona sin sentimientos, que se disculpa cuando se le sale el mal humor o una lágrima, porque dices, eso incomoda a los demás. 

Ya en tu habitación, sola como siempre, tu mente no te deja en paz con la pregunta, ¿A quién es que realmente le incomoda llorar, enojarse o sentir? ¿A los demás o a ti?

0 comentarios:

 
Entre sueños.... Design by Pocket