Escribir. Escupir. Respirar. Respirar hondo para intentar zafarte de la ansiedad que sientes ya en tu pecho. ¿Qué es lo que más le temes? ¿Morir? o ¿Vivir sin significar nada para nadie (ni para ti misma)? Los demonios siguen aquí aunque cuando estás a su lado sientas paz y creas, a veces, que por primera vez, la vida ha sido buena contigo. El problema en realidad nunca han sido los otros, siempre has sido tú, tú y tu necedad de verle lo malo a todo, de exigir perfección sin poder darla, de querer ser todo para él, ella, todos. Mientras tecleas, te cuesta trabajo respirar, se te cierra la garganta, quieres llorar pero piensas en el maquillaje, en las lágrimas que mancharán tu cara, en la entrevista telefónica en 22 minutos, en la primera clase del segundo semestre, en los contratos, en David. Y eso que meditaste por la mañana, unos 12 minutos de respirar en tres tiempos. Tu cuerpo te grita que eres una débil, debilucha ante los retos, debilucha ante la posibilidad de hacer las cosas como te gustan. Añoras la comodidad de hacer las cosas sin pensar mucho ni enfrentarte a nada con tal de tener un ingreso regular y te das asco pero por otro lado, quieres eso, quieres que la vida te la ponga fácil porque ya te cansaste de que te la complique cada vez que se le da la gana. Tus manos siempre han sido el reflejo de tu estado de ánimo y están resecas y despellejadas. Las uñas chuecas y medio sucias. Tú no eres él. Tú no puedes estar de buenas siempre. Tú explotas, tú lloras, tú pataleas y gritas y te asfixias como ahora.
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