domingo, junio 24, 2012

domingo, junio 24, 2012
La mezcla de analgésicos, antibiótico y antiséptico han hecho que mi mente se encuentre en un estado entre melancólico, fatalista, suicida y obsesivo.

La habitación se ha llenado de un olor a pachuli quemado, como el perfume de sus franelas que buscaba ocultar el olor a hierba quemada. ¡La lluvia! Debe ser la lluvia y ese olor lo que me lo ha traído tan insistentemente de vuelta. Su piel suave pero tatuada, la sensación de angustia permanente disuelta en unas palabras que sonaban a mentira todo el tiempo. Unos ojos penetrantes a través de los cuales alcanzaba a ver que no era de mí de quien estaba enamorado. Yo era solo un pasatiempo para olvidar unos ojos verdes, unas caderas anchas que iniciaban con un círculo de pecas en la espalda, un cabello rizado y una piel flácida y blanca que no era la mía. Por eso apagaba la luz y cerraba los ojos cuando pasaba sus manos sobre mí y un día, me llamó con otro nombre.

Recuerdo que la primera vez que lo besé me dio un mareo fuerte, como si se me bajara el azúcar a los dedos de los pies y me recorriera un escalofrío por toda la espina dorsal. Yo lo besé, pero esa sensación tan física me anunciaba que ese beso no llevaría a un final como el que insistía en imaginar.

Ha quitado ya que su "estado civil" es complicado. Poco a poco se va alejando y aunque me siga repitiendo que soy el amor de su vida, muy en el fondo sabe que no lo soy. Que de pronto, cuando vio que me fui a los brazos del otro que sí me daba paz, por mero orgullo no quiso aceptar que tan sencillamente alguien que lo había amando tanto encontrara cobijo en otro. Él dice que había adivinado que Edu se había sentido atraído por mi. Por eso, esa noche, se atrevió a decir que Edna le parecía guapa y me hizo enojar y cuando le dije que Edu me había ofrecido aventón, se echó a andar sobre la obscuridad de Paseo de la Reforma a las 10 de la noche. Yo no vi la manera con la que Edu me miró y por eso, corrí tras de él reclamándole que quisiera dejarme ahí, en medio de farolas que iluminaban a medias y que alumbraban solo al que estaba parado debajo de ellas.

Ahora, mi mente me traiciona y lo recuerdo sin desearlo. Y esa parte mía masoquista recuerda las veces que hicimos el amor sin que se sintiera natural. Yo me obligué, como otras veces, a sentenciar que era para mí. Yo sabía que no era cierto, que algo pasaba que hacía sentir nuestros encuentros como algo ajeno a los dos, hasta que la costumbre ganó la partida y me encontraba enamorada de un hombre que no tenía nada que ver con mi forma de ver y hacer las cosas.

Solo la lluvia me lo recuerda... y ese olor a pachuli quemado del que se ha inundado la habitación.

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