martes, julio 31, 2012

El costo de la felicidad

martes, julio 31, 2012
La inspiración siempre me ha llegado en momentos en los que menos debería.

A la mitad de una conferencia de prensa, en medio de un traslado - sobre todo en aquellos en los que me doy cuenta de que no tengo donde apuntar lo que estoy pensando -, en medio de un día gris y melancólico, en el que para escribir debo emplear más energías de lo normal para físicamente poder sentarme a escribir y concentrarme en el contenido de lo que redacto.

Hoy me ha llegado a esta hora, a las 17:48, en medio de una planeación de una cobertura que me acaban de pedir y unos minutos antes de la hora en la que debería de salir a ver a una amiga que me pide que me traslade hasta el sur para encontrarnos. (De hecho, tener que ir tan lejos, me desmotiva bastante... Pienso en pretextos para no ir y aplazar de nuevo el encuentro).

Supongo que para mí, esto de sentirme inspirada, tiene que ver con una necesidad de dejar de hacer lo que estoy haciendo o desviar mis pensamientos a algo más agradable, como escribir. Es una especie de procrastinación mental o válvula de escape.

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Cada vez que recuerdo mi infancia y me propongo hacer un recuento, la primera memoria que se me viene a la mente es la de cuando hice una especie de examen de admisión para entrar al Liceo Mexicano Japonés.

Ese día un profesor sacó un libro para niños y me pidió que lo leyera. Creo que era un libro sobre un gato y un ratón, o algo así. Cuando terminé, lo cerró y se lo puso sobre las rodillas. Inmediatamente después me preguntó, ya frente a mi padre que había entrado al salón, cual creía que era el título de aquel libro.

Yo pensaba en algún título complejo, con algún significado oculto. Había visto la portada del libro y decía "El gato y el ratón", pero a mis cinco años, pensé, "Este señor no me puede estar preguntando el título de un libro, cuando yo lo vi. Hay truco". Y me quedé callada.

Supongo que pensó que yo tenía un muy mal nivel en japonés. O no. No lo sé y ni siquiera estoy segura de que lo que recuerdo haya sucedido exactamente de esa manera.

Siempre he pensado que esa escena marcó el resto de mis días en esa escuela que tanto odié durante muchos años.

Mi timidez, mi inseguridad, mi afán de creer que la vida ahí, con los niños japoneses no podía ser tan sencilla como yo la percibía. Entonces, buscaba algo que me explicara tanta aparente complejidad (que con el tiempo descubrí que no existía).

Y claro, esa sensación de que los profesores japoneses me veían como un ser subnormal. (Y uno de ellos, frente a todos, de plano se atrevió a decirlo frente a todos, que los que no éramos 100% japoneses eramos menos inteligentes. Tenía cara de caballo ese profesor. De eso y de su frase me acuerdo, pero de nada más, ni de su nombre.)

Hoy he recordado esos días y esas sensaciones, porque estuve en una ceremonia de bienvenida de niños sobrevivientes de la tragedia de Fukushima que están en México.

Así es esto de la mente. Se disparan recuerdos cuando menos lo esperas, aunque por fuera pueda parecer bastante predecible.

Sabía que cubriría el evento con los niños. No me esperaba ya que, a estas alturas con 33 años, sus cantos, sus posturas, sus actitudes, me remitieran a aquel día en el que mi padre decidió inscribirme a esa escuela, con el motivo de que aprendiera el japonés a la perfección (costara lo que costara).

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