sábado, diciembre 05, 2009

De esas pequeñas enseñanzas que te da la vida

sábado, diciembre 05, 2009
Sentada frente a la pantalla de ésta computadora, levanto la cabeza para observar el color de las nubes que taparon el poco sol con el que había comenzado el día. Deseo que no sean grises, que se queden blancas, para así poder salir con la certeza de que no lloverá.

Me levanto de la silla roja con forro rojo aterciopelado y comienzo a prepararme. ¿Qué es lo que uno lleva cuando va en busca de una historia? ¿Un cuaderno de apuntes? ¿Un par de plumas? ¿Un amuleto de la buena suerte? Todo lo lanzo dentro de la bolsa de mano y salgo corriendo a la parada del 91. No hay prisa, pero de la nubes blancas están cayendo gotas gruesas de agua. Me cruzo con el 91 que va a Aldwych mientras camino hacia la parada. Espero unos 7 minutos más al siguiente autobús. Hoy también selecciono a Mayra Andrade y la canción que cantan los pesacadores en Cabo Verde como melodía de acompañamiento para mi espera.

Llega el bus y tras pasar la Oyster por el lector junto al conductor, me apresuro a subirme al segundo piso mientras agarro el pasamanos amarrillo. Entre más al frente me siente mejor. Así puedo ver las calles desde arriba y desde adelante, como si yo fuera conduciendo.

Me bajo en Caledonian Road y me meto a la misma estación de metro que todas las mañanas, pero hoy me bajaré unas 10 paradas antes: en Picadilly Circus. Ahí me paso a la Bakerloo Line - la línea café - y me voy hasta el final de la ruta, a Elephant and Castle. Voy en busca de algo que me de pistas para una historia que pueda escribir para mi trabajo final del taller de periodismo narrativo y que a la vez me pueda ayudar a empezar a abrirme puertas y publicar. Salgo y de inmediato se eleva ante mí una columna con un elefante rojo con una torre de un castillo sobre su lomo.

El barrio no parece muy latino hasta que me meto al centro comercial. Ahí me topo con un restaurante de comida colombiana. Tomo ejemplares de los periódicos para latinos que se distribuyen gratuitamente. Comienzo a rondar por los pasillos buscando algo y me detiene Ángel, un ecuatoriano como de 65 años y me hace la plática. Me dice que si lo acompaño a tomarse un café. En un día normal, me pasaría de largo y rechazaría la oferta, pero hoy, estoy buscando historias, así que accedo.

La piel de su mano izquierda está arrugada y reseca y tiene una estrella tatuada justo entre el dedo gordo y el índice. Trae una chamarra beige y un suéter de rayas amarillas, verdes, cafés, color vino y naranja. Su gorro está hecho del mismo estambre que el suéter.

Me empieza a hablar de su vida. Que es de Guayaquil, que lleva 10 años en Londres, que al principio trabajaba con papeles ajenos. Yo sólo escucho y sonrío. Me pregunta que por qué ando sola.
Me dice que no es bueno estar sola, pero que tampoco es bueno buscar nada. Que cuando buscamos algo, no lo encontraremos. Me hace pensar en mi historia y en lo que vengo a buscar. Cuando su plática se torna un poco más acaramelada, con intenciones de seducir algo imposible, comienzo a insinuar con silencios y miradas perdidas que es hora de irme. Él me pide que apunte su teléfono y me pregunta el mio. Le miento. Le digo que no tengo. Me dice que estará aquí el próximo sábado a la misma hora. Me estará esperando. Yo no le prometo nada. Le doy la mano para despedirme y tarda más de la cuenta en soltarme, así que jalo mi mano derecha y me paro.

Comienzo a andar pensando en que sigo sin ninguna historia. Lo único que aprendo es que cuando uno busca, casi nunca encuentra. Ni amor, ni dinero, ni historias que rompan madres.

Sonrío mientras vuelvo a casa por la misma ruta que vine. Me pongo a pensar en que llevo toda la vida buscando amor, un nuevo sentido a mi vida, amistades nuevas, un mejor trabajo, un mayor sueldo... Voy a dejar de buscar. Por lo menos por hoy. Ya veremos mañana de qué color amanecen las nubes.


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