Camino con cautela, poniendo más presión de la normal sobre los talones para no resbalar y no lastimar mi pierna izquierda que lleva ya dos semanas con un dolorcito que me pica al dar cada paso. He cambiado mis tenis rojos, marca Converse, por unos zapatos que compré hace unos 5 meses, antes de irme de viaje a la selva de Chiapas con Denís y Arash. No ando por la selva, pero son impermeables y los encuentro más adecuados para caminar sobre nieve y hielo.
He perdido la vergüenza de salir con un gorro sobre la cabeza. Mi cráneo ha de tener una forma poco común, ya que hasta ahora no he encontrado ni uno que se me acomode bien. Inevitablemente, siempre se hace una especie de bulto o "burbuja de aire" en la punta de mi cabeza. Así que lo debo de acomodar cada vez que me acuerdo jalándolo con mis dos manos por la derecha y por la izquierda para cubrir mis orejas.
La primera nevada cayó la semana pasada y me trajo una sensación de tranquilidad. A diferencia de la lluvia, la nieve no hace que el aire huela a tierra mojada. La nieve huele a frío y en la nuca siento una especie de tensión por el aire que se alcanza a colar. La primera nevada de mi vida fue en Londres y como buena mexicana, me emocionó tanto que me salí a las 6 de la mañana a hacer muñecos de nieve, a sacarme fotos y hacer angelitos sobre el suelo blanco. Ahora ver la nieve caer me genera, al principio, paz. Me quedo observando cómo los copos bajan y caen cual plumas blancas sobre todo lo que encuentran a su paso. Del retraso que se genera en el transporte público me acuerdo una vez que estoy subida y me doy cuenta que he leído más páginas de lo nomal del libro que cargo en mi bolsa de mariposas moradas.
Llevo caminando con pasos pequeños, lentos y firmes ya unos 20 minutos. Mi pierna izquierda resbaló sobre un charco con agua negra: una mezcla de nieve derretida, llantas de auto sucias, polvo acumulado sobre el pavimento y tierra. Alcancé a saltar a tiempo para no mojarme la pierna derecha. La voz de Mariah Carey anula los ruidos de autos, claxons, pasos crujiendo y conversaciones ajenas.
Llego y descubro que el tomate de Zoi que está fuera de la ventana de la cocina murió de frío. Había aguantado tanto... Sobrevivió a orines del gato negro y a lluvias que inundaron la maceta. Pero no a la nieve.
Adentro está Ilaria horneando berenjenas y mezclando crema con champiñones y chícharos. Yo me hago un té negro y me subo a la habitación. Hoy es día de guardarme. Me lo prometí. Hoy voy a soñar que soy feliz.
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