domingo, enero 03, 2010

Para el 2010

domingo, enero 03, 2010
Este año no hay lista de propósitos o deseos.
Dicen que uno debe aprender de las experiencias, y mis experiencias en el 2009 me enseñaron que lo que importa no son tanto las acciones sino las lecciones y los valores que sacamos de cada vivencia, así que en el 2010 lo que quiero es fomentar las siguientes características en mi persona:

1) Disciplina
2) Paciencia
3) Constancia
4) Tenacidad
5) Confianza
6) Amor (hacia mí y hacia los demás)
7) Coraje
8) Ambición
9) Superación
10) Cultura
11) Inteligencia
12) Seguridad
13) Autenticidad
14) Alegría y felicidad (sonreír mucho :) )
15) Satisfacción
16) Nuevos retos intelectuales
17) Audacia
18) Ternura
19) Empatía
20) Experiencia
21) Sabiduría

Cada una de estas características tiene sus propias razones de ser y el por qué quiero fomentarlas en mí.
Pero al leerlas, llego a la conclusión de que en realidad, busco fomentarlas como parte del camino que me llevará a la felicidad.

viernes, enero 01, 2010

I will always have Istanbul...

viernes, enero 01, 2010
Nuestros encuentros se han ido convirtiendo en algo parecido a la segunda parte de una mala película de amor de bajo presupuesto. La historia sigue sin ningún propósito claro y tampoco hay un desenlace contundente. No sé si fue culpa de la inercia o la maldita soledad que da el invierno. O esas ganas de hacernos tontos y creer que eso que en algún momento llamamos “bello” podía volver a nacer de las cenizas.

Recuerdo la noche en la que se cruzó la raya. Esa raya que habíamos trazado un día de febrero. Hasta ese sábado de octubre vivíamos pretendiendo que no teníamos una historia común, pero convivíamos como si fuéramos amigos de toda la vida y hablábamos de los episodios vividos como si hubieran sido experiencias fraternales. Ahora, de pronto, hemos revivido nuestra historia y nos comportamos como si eso nos diera el derecho de besarnos y acariciarnos sin exigirnos nada a cambio, y despedirnos por la mañana como amantes de años.

Lo complicado de todo esto no está en que tengamos siempre que mezclar un par de pintas de cerveza a nuestros encuentros o que inventemos pretextos para vernos antes de tener el valor de abrazarnos por la cintura. Se vuelve complejo porque casi siempre, cuando me surgen ganas de ti y del calor de tu piel bajo tus cobijas gruesas, para ti soy invisible.

Ya no sé si lo que sucedió lo vivimos juntos o si lo recordamos de la misma manera. Tal vez hayan sido sólo ilusiones mías y un deseo irrefrenable tuyo que sólo podías admitir poniendo como motivo el leve mareo provocado por el alcohol.

No puedo ni reclamar ni exigir nada porque nunca lo he hecho. A estas alturas no puedo pedir sentimientos sinceros ni sexo con amor. Ni siquiera sinceridad cruda porque eso nunca ha definido esta maldita relación.

Tus desapariciones abruptas ya no me hacen llorar ni me hierven la sangre. Sólo me hacen prometer por enésima vez que ya no te buscaré.

Por lo menos la luna llena me ayuda recordar Estambul y otros perfumes y otros ojos. Pase lo que pase siempre tendré a Estambul. Un pequeño pedacito de mi corazón se ha quedado allá. No sé si vuelva a buscarlo o si se quede allí perdido para siempre. Pero por lo menos mi corazón completo no está aquí, padeciendo de la indecisión y la turbiedad de un hombre que aún sin merecer mis pensamientos, los tiene.

martes, diciembre 22, 2009

Noche blanca

martes, diciembre 22, 2009
Camino con cautela, poniendo más presión de la normal sobre los talones para no resbalar y no lastimar mi pierna izquierda que lleva ya dos semanas con un dolorcito que me pica al dar cada paso. He cambiado mis tenis rojos, marca Converse, por unos zapatos que compré hace unos 5 meses, antes de irme de viaje a la selva de Chiapas con Denís y Arash. No ando por la selva, pero son impermeables y los encuentro más adecuados para caminar sobre nieve y hielo.

He perdido la vergüenza de salir con un gorro sobre la cabeza. Mi cráneo ha de tener una forma poco común, ya que hasta ahora no he encontrado ni uno que se me acomode bien. Inevitablemente, siempre se hace una especie de bulto o "burbuja de aire" en la punta de mi cabeza. Así que lo debo de acomodar cada vez que me acuerdo jalándolo con mis dos manos por la derecha y por la izquierda para cubrir mis orejas.

La primera nevada cayó la semana pasada y me trajo una sensación de tranquilidad. A diferencia de la lluvia, la nieve no hace que el aire huela a tierra mojada. La nieve huele a frío y en la nuca siento una especie de tensión por el aire que se alcanza a colar. La primera nevada de mi vida fue en Londres y como buena mexicana, me emocionó tanto que me salí a las 6 de la mañana a hacer muñecos de nieve, a sacarme fotos y hacer angelitos sobre el suelo blanco. Ahora ver la nieve caer me genera, al principio, paz. Me quedo observando cómo los copos bajan y caen cual plumas blancas sobre todo lo que encuentran a su paso. Del retraso que se genera en el transporte público me acuerdo una vez que estoy subida y me doy cuenta que he leído más páginas de lo nomal del libro que cargo en mi bolsa de mariposas moradas.

Llevo caminando con pasos pequeños, lentos y firmes ya unos 20 minutos. Mi pierna izquierda resbaló sobre un charco con agua negra: una mezcla de nieve derretida, llantas de auto sucias, polvo acumulado sobre el pavimento y tierra. Alcancé a saltar a tiempo para no mojarme la pierna derecha. La voz de Mariah Carey anula los ruidos de autos, claxons, pasos crujiendo y conversaciones ajenas.

Llego y descubro que el tomate de Zoi que está fuera de la ventana de la cocina murió de frío. Había aguantado tanto... Sobrevivió a orines del gato negro y a lluvias que inundaron la maceta. Pero no a la nieve.
Adentro está Ilaria horneando berenjenas y mezclando crema con champiñones y chícharos. Yo me hago un té negro y me subo a la habitación. Hoy es día de guardarme. Me lo prometí. Hoy voy a soñar que soy feliz.

martes, diciembre 15, 2009

martes, diciembre 15, 2009
Ayuda, en todo caso, mantener una distancia.
Una distancia física y emocional.
No pensar y no sentir y no ver y no oír...
Y evitar verte hasta en sueños. Ni siquiera asomarme a ver tu retrato o releer cartas escritas a mano por tí, desde tierras lejanas, exóticas y desconocidas.
Ver la luna pensando sólo en ella, o en cómo comerla a cucharadas, pero nada más.
Y vivir un rato en un mundo pretendiendo que no existes en él....

domingo, diciembre 06, 2009

domingo, diciembre 06, 2009
Sometimes I wonder how patient we must be to achieve what we want...

Sunday

Por costumbre y por inercia, doy vuelta a la izquierda. Pero al dar el primer paso, recuerdo que hoy caminaré sobre Tollington Park, no sobre Hornsey Road. Hoy es uno de esos días soleados y cálidos que se colaron entre frío y frío en pleno diciembre. No hace calor, pero pienso que pude haber salido sin la chamarra gruesa y negra que es parte de mi look desde que la temperatura bajó a menos de 15 grados. Tal vez ni siquiera necesito la bufanda. El olor de Euphoria de CK me recuerda mis domingos como estudiante. Me hace sentir de nuevo esa culpa por no estar estudiando y estar caminando por la calle. Puedo revivir esa sensación como si aún debiera estar repasando fórmulas en ese cuarto de 3 x 3 en Camden.

Mientras camino y admiro las puertas de colores de las casas que están formadas sobre esta calle, me atormenta darme cuenta que aún no tengo una historia que contar para mi trabajo final. Me he quitado la pinza negra con la que me recojo el cabello, pero me arrepiento unos segundos después, porque sopla fuerte el viento y los cabellos se me pegan a los labios con brillo color vino y sabor a toronja. Saco la mano de mi bolsa derecha y me hago una cola de caballo que sostengo con mis dedos. Aún no me decido a volver a abrocharme.

Me cruzo con el café que me contó Zoi, el Front Room Café. Un par de veces, he querido salir de casa para venirme a leer a este café que por fuera parece pub por sus bancas de madera. Hoy está lleno y no me atrevo a entrar. Además, sólo salí a comprar los periódicos con la esperanza de que me den un poco de luz sobre lo que podría escribir esta semana.

En mi bolso con flores y mariposas moradas adornado con pequeñas piezas de chakira color plata, llevo una lista que incluye también papel de baño, servilletas y queso feta. Antes de entrar al Tesco, me cruzo con una tienda que tiene una veintena de árboles de navidad naturales de todos los tamaños. Este año no me he sentido nada navideña. Nada en mi casa está adornado con motivos decembrinos y ni siquiera pienso celebrar una costumbre que desde que me dijeron que Santa no existía, dejó de tener valor para mí y para mi familia.

Tomo The Guardian, The Independent, un paquete de nueve rollos de papel, un fajo de servilletas blancas y un queso feta griego marca Tesco. Los pago y los meto en mi bolso y camino de vuelta.

Hoy dedicaré mi día a leer. Leer periódicos, leer el material del taller de periodismo narrativo, leer, leer y leer. Leer me ayuda a no pensar en cosas que no tienen salida ni solución a corto plazo. Es la mejor manera de hacer que el tiempo pase los domingos. Posiblemente así la pasaré en navidad y año nuevo. Leyendo y escuchando por enésima vez las mismas canciones.

sábado, diciembre 05, 2009

De esas pequeñas enseñanzas que te da la vida

sábado, diciembre 05, 2009
Sentada frente a la pantalla de ésta computadora, levanto la cabeza para observar el color de las nubes que taparon el poco sol con el que había comenzado el día. Deseo que no sean grises, que se queden blancas, para así poder salir con la certeza de que no lloverá.

Me levanto de la silla roja con forro rojo aterciopelado y comienzo a prepararme. ¿Qué es lo que uno lleva cuando va en busca de una historia? ¿Un cuaderno de apuntes? ¿Un par de plumas? ¿Un amuleto de la buena suerte? Todo lo lanzo dentro de la bolsa de mano y salgo corriendo a la parada del 91. No hay prisa, pero de la nubes blancas están cayendo gotas gruesas de agua. Me cruzo con el 91 que va a Aldwych mientras camino hacia la parada. Espero unos 7 minutos más al siguiente autobús. Hoy también selecciono a Mayra Andrade y la canción que cantan los pesacadores en Cabo Verde como melodía de acompañamiento para mi espera.

Llega el bus y tras pasar la Oyster por el lector junto al conductor, me apresuro a subirme al segundo piso mientras agarro el pasamanos amarrillo. Entre más al frente me siente mejor. Así puedo ver las calles desde arriba y desde adelante, como si yo fuera conduciendo.

Me bajo en Caledonian Road y me meto a la misma estación de metro que todas las mañanas, pero hoy me bajaré unas 10 paradas antes: en Picadilly Circus. Ahí me paso a la Bakerloo Line - la línea café - y me voy hasta el final de la ruta, a Elephant and Castle. Voy en busca de algo que me de pistas para una historia que pueda escribir para mi trabajo final del taller de periodismo narrativo y que a la vez me pueda ayudar a empezar a abrirme puertas y publicar. Salgo y de inmediato se eleva ante mí una columna con un elefante rojo con una torre de un castillo sobre su lomo.

El barrio no parece muy latino hasta que me meto al centro comercial. Ahí me topo con un restaurante de comida colombiana. Tomo ejemplares de los periódicos para latinos que se distribuyen gratuitamente. Comienzo a rondar por los pasillos buscando algo y me detiene Ángel, un ecuatoriano como de 65 años y me hace la plática. Me dice que si lo acompaño a tomarse un café. En un día normal, me pasaría de largo y rechazaría la oferta, pero hoy, estoy buscando historias, así que accedo.

La piel de su mano izquierda está arrugada y reseca y tiene una estrella tatuada justo entre el dedo gordo y el índice. Trae una chamarra beige y un suéter de rayas amarillas, verdes, cafés, color vino y naranja. Su gorro está hecho del mismo estambre que el suéter.

Me empieza a hablar de su vida. Que es de Guayaquil, que lleva 10 años en Londres, que al principio trabajaba con papeles ajenos. Yo sólo escucho y sonrío. Me pregunta que por qué ando sola.
Me dice que no es bueno estar sola, pero que tampoco es bueno buscar nada. Que cuando buscamos algo, no lo encontraremos. Me hace pensar en mi historia y en lo que vengo a buscar. Cuando su plática se torna un poco más acaramelada, con intenciones de seducir algo imposible, comienzo a insinuar con silencios y miradas perdidas que es hora de irme. Él me pide que apunte su teléfono y me pregunta el mio. Le miento. Le digo que no tengo. Me dice que estará aquí el próximo sábado a la misma hora. Me estará esperando. Yo no le prometo nada. Le doy la mano para despedirme y tarda más de la cuenta en soltarme, así que jalo mi mano derecha y me paro.

Comienzo a andar pensando en que sigo sin ninguna historia. Lo único que aprendo es que cuando uno busca, casi nunca encuentra. Ni amor, ni dinero, ni historias que rompan madres.

Sonrío mientras vuelvo a casa por la misma ruta que vine. Me pongo a pensar en que llevo toda la vida buscando amor, un nuevo sentido a mi vida, amistades nuevas, un mejor trabajo, un mayor sueldo... Voy a dejar de buscar. Por lo menos por hoy. Ya veremos mañana de qué color amanecen las nubes.


 
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