Hoy caminé lento por los pasillos del metro Tacubaya y me
rebasaron niños vestidos de uniforme que jugaban a corretearse, una pareja de
adolescentes abrazados por la cintura cargando libros de cálculo diferencial y
un grupo de señoras parlanchinas que chismeaban sobre alguna aventura en turno
del jefe de la oficina en la que trabajaban hasta las tres de la tarde. Al
llegar a las escaleras para pasar de la línea uno a la línea siete, vi de reojo
a una niñita sentada sobre una caja de madera junto a su padre que gritaba que
los cacahuates costaban dos bolsitas por cinco pesos. La niña, con dos colitas
sujetadas por listones rosa mexicano, clavaba los codos sobre sus rodillas y
veía sin interés a los transeúntes. Ya casi nos vamos, le dijo su padre, y
ella, sin voltear le dio el sí con su cabeza.
En el último año, el trayecto de Tacubaya a San Pedro de los
Pinos lo viajo pensando en qué contarle a Cynthia, mi subconsciente y mi
psicóloga dentro del consultorio que le definí a mi amigo David como un útero
materno. Una vez que salgo del metro y me agarro de algún tubo en el autobús o
me sostengo en un asiento, ya no pienso nada más que en el tráfico, la música
que decidió ponernos el conductor a todos los pasajeros y en los autos que van
circulando con una sola persona. A veces, invento historias alrededor de ellos. Imagino que van tarde a una cita con una amiga o que salieron del trabajo
fastidiados para enfrentarse con el tráfico endemoniado de una de las ciudades
más grandes y más pobladas del mundo. Cuando el conductor del autobús acelera a todo lo que da pese al tráfico, esquivando a los automóviles que están casi estacionados a su alrededor, me gusta pensar
que voy sentada en uno de los coches que se ven por la ventana y me imagino intentando huir de la esquizofrenia de tener prisa y estar inmovilizada a la vez, sin poder avanzar después de tres luces verdes.
Hoy imaginé que iba en un Seat blanco, con Foster the
People a todo volumen, con las ventanas bien cerradas para que nadie me
escuchara cantar desafinada y conduciendo hacia alguna playa desconocida que me
encontraría en el camino a casa. Ahí me quedaba hasta fastidiarme del sol y de
la arena y la sal que se te queda pegada en la piel y extrañaba ser uno de los
30 pasajeros que se van empujando de un lado a otro por los enfrenones del
autobús.
Una vez cruzada la puerta roja de cristal la historia
cambia. Mientras camino al edificio B, apago los dos celulares o los dejo en
vibración para que no alteren el equilibrio del útero materno presidido por
Cynthia. Ahí, no entran nadie más que ella y yo, no entran jefes o colegas del trabajo,
familiares, novios, amigos, nadie. Tal vez lleguemos a invocarlos a través de mis palabras, de mis
historias y descripciones, pero no más, no está permitida la presencia física
de nadie que no sea invitado, y de una vez aclaro, nunca nadie será invitado.
Cuando termina la sesión de lunes y/o jueves, 8 de cada 10
veces salgo con los ojos hinchados y la nariz roja de tanto sonarme. Lloro mucho. Ahí lloro aunque no haya planeado llorar. Hay días en los que me espero
a llegar al útero para soltar las lágrimas que venía reteniendo desde la mañana,
hay otros en los que llego bien y poco a poco lo que cuento me va sacando lágrimas. Al principio me resistía a llorar frente a Cynthia, porque para mi era una
perfecta desconocida que había aceptado un pago por escucharme hablar 45
minutos. Muchas veces ella interviene y repasa lo que digo, como para que me dé
cuenta de lo que acabo de verbalizar. Con los meses, entendí que llorar ahí
estaba bien. Es tu espacio, solo tu espacio, me recalcaba constantemente y al
final, le creí. A ella le he dicho cosas que no le diría a nadie más. Por 150
pesos la sesión me permite desahogarme y se guarda mis secretos. Creo que es un
buen trato.
Saliendo de la puerta roja, el caos vial y los claxonazos me pegan de frente y
me regresan a la realidad. De alguna manera vuelvo a nacer al salir del útero
artificial. Soy una nueva persona, porque todo lo que digo dentro, cambia mi
perspectiva de la vida que me tocó vivir. Últimamente cruzo la calle y espero
hasta 20 minutos a que pase un autobús que me saca a Insurgentes para ahí tomar
el metrobús. En las noches, me gusta ir en el metrobús, que no es
menos caótico que de día, pero las luces traseras de los autos que veo me calman el alma que a veces sale desasosegada.
Llego y el depa siempre está solo. A excepción por el perro
que en cuanto me escucha cruzar la primera puerta de metal, salta apresurado de
mi cama, porque sabe que no me gusta que se suba cuando no estoy. Si me van a
picar sus pulgas, por lo menos que sea cuando yo así lo consienta. De todas
maneras, siempre se echa sus siestas sobre mi cama y sus pulgas me siguen
picando de vez en cuando. Al principio, me gustaba tomarme una cerveza fría al
salir del útero y me ponía a ver programas de cocina británicos para despejar
la mente y colocar el alma en momentos nostálgicos y agradables. Desde que la
BBC cambió los programas de cocina por concursos de baile y canto, ya no prendo
la televisión. Ahora ya ni siquiera bebo cerveza lunes y jueves. Solo me
siento a cenar con una infusión de hierbas relajantes y si las circunstancias
lo permiten, hablo con él para soñar algo lindo.
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