martes, noviembre 27, 2012

Último martes de noviembre de 2012 (24 días para el fin del mundo)

martes, noviembre 27, 2012

Hoy caminé lento por los pasillos del metro Tacubaya y me rebasaron niños vestidos de uniforme que jugaban a corretearse, una pareja de adolescentes abrazados por la cintura cargando libros de cálculo diferencial y un grupo de señoras parlanchinas que chismeaban sobre alguna aventura en turno del jefe de la oficina en la que trabajaban hasta las tres de la tarde. Al llegar a las escaleras para pasar de la línea uno a la línea siete, vi de reojo a una niñita sentada sobre una caja de madera junto a su padre que gritaba que los cacahuates costaban dos bolsitas por cinco pesos. La niña, con dos colitas sujetadas por listones rosa mexicano, clavaba los codos sobre sus rodillas y veía sin interés a los transeúntes. Ya casi nos vamos, le dijo su padre, y ella, sin voltear le dio el sí con su cabeza.

En el último año, el trayecto de Tacubaya a San Pedro de los Pinos lo viajo pensando en qué contarle a Cynthia, mi subconsciente y mi psicóloga dentro del consultorio que le definí a mi amigo David como un útero materno. Una vez que salgo del metro y me agarro de algún tubo en el autobús o me sostengo en un asiento, ya no pienso nada más que en el tráfico, la música que decidió ponernos el conductor a todos los pasajeros y en los autos que van circulando con una sola persona. A veces, invento historias alrededor de ellos. Imagino que van tarde a una cita con una amiga o que salieron del trabajo fastidiados para enfrentarse con el tráfico endemoniado de una de las ciudades más grandes y más pobladas del mundo. Cuando el conductor del autobús acelera a todo lo que da pese al tráfico, esquivando a los automóviles que están casi estacionados a su alrededor, me gusta pensar que voy sentada en uno de los coches que se ven por la ventana y me imagino intentando huir de la esquizofrenia de tener prisa y estar inmovilizada a la vez, sin poder avanzar después de tres luces verdes.

Hoy imaginé que iba en un Seat blanco, con Foster the People a todo volumen, con las ventanas bien cerradas para que nadie me escuchara cantar desafinada y conduciendo hacia alguna playa desconocida que me encontraría en el camino a casa. Ahí me quedaba hasta fastidiarme del sol y de la arena y la sal que se te queda pegada en la piel y extrañaba ser uno de los 30 pasajeros que se van empujando de un lado a otro por los enfrenones del autobús.

Una vez cruzada la puerta roja de cristal la historia cambia. Mientras camino al edificio B, apago los dos celulares o los dejo en vibración para que no alteren el equilibrio del útero materno presidido por Cynthia. Ahí, no entran nadie más que ella y yo, no entran jefes o colegas del trabajo, familiares, novios, amigos, nadie. Tal vez lleguemos a invocarlos a través de mis palabras, de mis historias y descripciones, pero no más, no está permitida la presencia física de nadie que no sea invitado, y de una vez aclaro, nunca nadie será invitado.

Cuando termina la sesión de lunes y/o jueves, 8 de cada 10 veces salgo con los ojos hinchados y la nariz roja de tanto sonarme. Lloro mucho. Ahí lloro aunque no haya planeado llorar. Hay días en los que me espero a llegar al útero para soltar las lágrimas que venía reteniendo desde la mañana, hay otros en los que llego bien y poco a poco lo que cuento me va sacando lágrimas. Al principio me resistía a llorar frente a Cynthia, porque para mi era una perfecta desconocida que había aceptado un pago por escucharme hablar 45 minutos. Muchas veces ella interviene y repasa lo que digo, como para que me dé cuenta de lo que acabo de verbalizar. Con los meses, entendí que llorar ahí estaba bien. Es tu espacio, solo tu espacio, me recalcaba constantemente y al final, le creí. A ella le he dicho cosas que no le diría a nadie más. Por 150 pesos la sesión me permite desahogarme y se guarda mis secretos. Creo que es un buen trato.

Saliendo de la puerta roja, el caos vial  y los claxonazos me pegan de frente y me regresan a la realidad. De alguna manera vuelvo a nacer al salir del útero artificial. Soy una nueva persona, porque todo lo que digo dentro, cambia mi perspectiva de la vida que me tocó vivir. Últimamente cruzo la calle y espero hasta 20 minutos a que pase un autobús que me saca a Insurgentes para ahí tomar el metrobús. En las noches, me gusta ir en el metrobús, que no es menos caótico que de día, pero las luces traseras de los autos que veo me calman el alma que a veces sale desasosegada.

Llego y el depa siempre está solo. A excepción por el perro que en cuanto me escucha cruzar la primera puerta de metal, salta apresurado de mi cama, porque sabe que no me gusta que se suba cuando no estoy. Si me van a picar sus pulgas, por lo menos que sea cuando yo así lo consienta. De todas maneras, siempre se echa sus siestas sobre mi cama y sus pulgas me siguen picando de vez en cuando. Al principio, me gustaba tomarme una cerveza fría al salir del útero y me ponía a ver programas de cocina británicos para despejar la mente y colocar el alma en momentos nostálgicos y agradables. Desde que la BBC cambió los programas de cocina por concursos de baile y canto, ya no prendo la televisión. Ahora ya ni siquiera bebo cerveza lunes y jueves. Solo me siento a cenar con una infusión de hierbas relajantes y si las circunstancias lo permiten, hablo con él para soñar algo lindo. 

0 comentarios:

 
Entre sueños.... Design by Pocket