23 días para el fin del mundo y dos para el fin de la corta
era panista en la que aprendí a ser periodista. ¿Cómo no pensar en eso después
de ver una película sobre el plebiscito que quitó a Pinochet del poder después
de 15 años? Viva la globalización y las presiones internacionales cuando sirven
para promover la democracia. Abajo la democracia cuando se usa para retroceder
71 años en la historia (aunque suene medio dicatorial…).
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Camino por calles donde pocas veces la gente se disculpa por
darte codazos, por empujarte intentando salir del transporte público o por casi
atropellarte por no ver que la luz del semáforo ya había cambiado a rojo. Vivo
en un país en el que importa más el color de la piel y el aspecto físico que el
intelecto y la calidad humana; en el que tener auto te da estatus aunque eso
implique quedarte atorado en el tráfico más de un par de horas al día y en el
que el respeto por el espacio público es inexistente. Leemos poco y lo poco que
leemos es malo; el libro más leído es El libro vaquero y el periódico con mayor
circulación es el Esto, que contiene casi exclusivamente noticias deportivas.
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¿Cómo verán los extranjeros a México? Algunos ni siquiera
saben que existe el país, pero los pocos que sí, me los imagino como a los no-italianos
que observábamos sorprendidos cómo comicios tras comicios Berlusconi era
reelecto. Nunca he conocido a alguien que haya votado por Berlusconi y conozco
a muy pocos que votaron por el PRI. Noches como hoy, pienso que hay gente que
vive en universos paralelos y por eso nunca me topo de cerca con priistas o ultraderechistas. Vivimos en
contextos completamente distintos. Tengo un puñado de amigos panistas, ningún
amigo priistas y muchísimos conocidos y amigos pejistas o perredistas (antes
eran la misma cosa, ahora ya no). No suelo criticar a la gente por sus
creencias, pero me es casi imposible profundizar una amistad con una persona
que tiene creencias políticas totalmente contrarias a los mías. Simplemente, no
siento que tengamos algo en común, más allá de ser seres humanos que vivimos en
un mismo país en una misma época.
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Dicen
que no hay mal que dure 100 años ni pendejo(s) que lo aguante(n). La esperanza
nunca muere. Amén.
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